Me gusta descubrir una cala solitaria en un lugar que acabo de conocer, bañarme en el agua gélida del mar y el contraste al secarme después al sol ardiente. Me encanta la gente intensa que expresa sus emociones abiertamente. Me gusta sonreir y desentonar un poco con el ambiente. No me gusta que la persona que se sienta a mi lado en el bus me roce el bracito sin conocerme de nada. Me encantan los colores paradisíacos de las puestas de sol. No me gusta la gente que habla muy alto. Me gusta la música instrumental por la noche, porque me despierta sensaciones recónditas. No me gusta que haya guerras malditas y que los malditos Gobiernos no hagan nada. Me gusta meter los dedos entre el cabello de alguien especial y agarrarlo un poco fuerte. Me gusta la felicidad que inunda mi corazón cuando veo los rostros sonrientes de mi abuelo y mi abuela. Me extasia la canción ‘Pequeño vals vienés’. Me gusta la emoción con que se entrega Silvia. Pero si hay algo a medio camino, si hay algo por lo que no consigo decantarme, ésos son los domingos por la tarde. Tantas  y tantas veces degustados. Esos me gustan y no me gustan.

La noche habla

La noche siempre habla. Unas veces la escucho y otras no. Hoy es de estas últimas veces. Porque si la escuchara, si aguzara mis sentidos y me quedara atenga a su susurro, el camino se volvería tortuoso de nuevo, las estrellas jugarían conmigo y con mi risa, el aire removería mis sueños y mis desvelos y las cartas volverían a desear que apostara otra baza por ti.

Por eso esta noche no escucho a la noche. Porque quiero que te marches de mi sangre. Y si no quiero, quisiera quererlo. Porque el tiempo y los días deben llevarte lejos. Porque agua y aceite nunca fueron buenos amantes. Porque no voy a perseguir tu primaveral sonrisa que me pasea por un florido laberinto. Porque no querer cuando se puede, ahoga la esperanza. Porque a través  de las pequeñas palabras voy esparciendo tus cenizas. Espantando a los fantasmas.

Viaje con corrientes

En ocasiones, más frecuentemente de lo que nos (me) gustaría, ese custodiado concepto al que le hemos puesto el nombre de empatía se disipa, se aleja a la deriva, junto a un mar de sensaciones a las que no le damos nombre.  Se marcha, y con él se evapora nuestra capacidad de comprensión y nuestra sintonía con el resto de los seres que habitan este delicioso mundo.

Porque, a fin de cuentas, no somos más que un banco de peces, cada cual con su tamaño, su tono, sus apetencias y sus necesidades. Y suele pasar que en lugar de expresar con naturalidad y desde el respeto nuestros deseos, esperamos que nuestras compañías de viaje los adivinen, sin caer en la cuenta de que cada cuerpo que fluye en este universo acuático oscila en una corriente diferente y en un momento propio y único de transformación vital. 

Sucede también que llevamos arraigadas una serie de emociones, unas más positivas que otras, que nos influyen y condicionan a la hora de conectar con el entorno. Las mentes que habitan a nuestro alrededor pueden ser conocedoras o no de las mismas y, por eso, nuestras actitudes y palabras pueden pulverizar como un trueno inesperado en medio de una plácida velada o, por el contrario, resultar apropiadas y, en el mejor de los casos, comprendidas.

Por eso, y desde la conciencia de mí misma que cada día intento trabajar, considero que necesitamos conocernos de manera más profunda y ser más partícipes de  la construcción de nuestra propia persona en cuanto a sentimientos, porque sólo de esa forma lograremos establecer relaciones afectivas gratificantes y sanas.

Pero ése es precisamente el gran reto: circular por todas esas autovías y carreteras secundarias y dejar emanar lo que llevamos dentro, con el propósito de armonizarnos y hacer la vida más fácil a esos peces que, encerrados en un diminuto habitáculo acristalado o viajando en medio de corrientes desenfrenadas, se convierten en nuestra compañía en este enigmático viaje por unas profundidades marinas a las que nunca terminamos de acceder.

Peces

Silencio

La garganta de Benito se puso en huelga, sin motivo y sin remedio. Ese complejo mecanismo que habitaba en el interior de su laringe no recibió el engrase suficiente y se oxidó. Merche lo había probado todo. Desde alertas de fuego o de robo hasta algún accidente casual con cuchillo de por medio, pasando por sugerentes y frenéticas veladas de amor en las que la esperanza de ella pasaba por un único jadeo de él. Finalmente, las técnicas reposaron apaciblemente sobre el sillón, haciendo compañía a Benito. Porque a su silencio se le unió, posteriormente, una rigidez paulatina que su cuerpo iba adquiriendo, hasta adoptar la consistencia del hormigón. La afectada esposa, hastiada y resignada, optó por ubicarle en un rincón, junto a una mesita y a la ventana, para que se deleitase con las flores azules y naranjas que trotaban por el jardín.

Un día en el que ella se sentía especialmente cariñosa con su habitante, se acercó a él, le miró a los ojos y deslizó su mano para acariciar su rostro con un gesto suave. En el momento preciso en que los dedos tocaron el lóbulo de su oreja, el ‘Wonderful world’ de Frank Sinatra, atrapado entre las tuercas de su mecanismo, comenzó a correr suavemente entre sus labios.

Lluvia, sábado y yo

pies puntillas

Renazco tarde en este nuevo día que llega cargado de nubes, lluvia y momentos plácidos. Me fusiono con él.

No me incomoda, no siento nostalgia ni me invaden las sombras. Al contrario, me resulta apacible, lindo, como si alcanzara a llenar mi alma con este tiempo otoñal y estuviera en armonía con él, ya que es lo propio, quizá no para un sábado, pero lo propio.

Fin de semana, lluvia y yo. Una mezcla sensacional.

Me parece curioso que, pese a mi carácter fundamentalmente positivo y alegre, me apasione la música triste. Y aún más llamativo resulta que hoy, precisamente hoy que el cielo nos riega con sus manos, no sienta necesidad alguna de escuchar notas deprimentes.

El ser humano y sus paradojas. Y este nuevo día.

Me despido para seguir mi fusión con él.

 

¿Cómo se escribe ‘amor’?

corazon palabra

Me impresionó que una adivinanza infantil tuviera tanto de cierto. “Es blanco como la nieve, negro como al carbón. Es dulce como la miel y agrio como el limón”. Pues sí, sería una definición muy sintetizada pero muy cierta de lo que es ese extraño sentimiento que se nos cuela en las entrañas y del que no sabemos escapar tan fácilmente.

Me asedian las dudas en este sentido. En primer lugar, habita en mí una incapacidad casi crónica (y, afortunadamente, más leve a medida que pasa el tiempo) para identificar sentimientos. Envidio a las personas que siempre tienen, o aparentan tener, tan claro lo que sienten respecto al amor. Yo debo de ser un poco limitada porque me cuesta considerablemente definir lo que me pasa, catalogar el huracán que se forma dentro de mí. En ocasiones lo consigo, pero ese descubrimiento interior lo consigo después de un tiempo prolongado de reflexión, análisis y de una superposición de pensamientos y sentimientos.

Las dudas de otra categoría se deben al feminismo. Resulta que después de navegar por este veterano, interesante y sorprendente mundo lila que tantos conocimientos y perspectivas me ha brindado, siento que hay cosas que no debería sentir y eso me provoca mil debates internos. Es decir, se supone que todo ese asunto de la inseguridad, celos, posesión, actitudes machistas y demás lo deberíamos tener más que trabajado las personas que nos sentimos inmersas en el océano feminista. Pero tengo las sensaciones que tengo, por los motivos que sean, o incluso sin motivo alguno o debido, quizá, a cierto modo de socialización, a las experiencias o a cualquier otro factor. Y me encuentro frente a frente conmigo misma, con la ideología que se adapta a lo que me mueve por dentro como telón de fondo y con sentimientos o emociones ‘fuera de lugar’.

Así que en esas andamos, en esa cuerda sostenida por las emociones y el feminismo y sin saber muy bien qué hacer para que se siga sosteniendo. Será a fuerza de trabajar conmigo misma, de establecer algún tipo de equilibrio entre la teoría y la práctica y de encontrar espacios en los que compartir impresiones. Eso o pensar que soy una neurótica.