Le vi

Le vi cuando nos separaban pocos metros. Él bajaba por la calle y yo subía. Habían pasado unos cuantos años. Ahora tenía dientes nuevos y, sorprendentemente, había rejuvenecido. Me contó que había cambiado de vivienda y que este mes ya no podría pagarla. Se le terminaba el subsidio. Pero ya inventaría algo para continuar en ella. “En algún lugar tendré que vivir”-dijo.

La sonrisa no dejaba de iluminar su rostro. Y yo me di cuenta de lo que adoro a este tipo de personas. Charlamos de la época en la que nos conocimos, de aquellas excursiones al campo con la perra y de las veladas cinéfilas. Nos pusimos al día en unos minutos. Me encantó verle, aunque de repente una nube espacio-temporal pareciera envolver la mañana, con su lluvia preparada dentro. Estaba a punto de invitarle a un café, cuando una furgoneta se aproximó y la conversación se dio por zanjada. “Ay, lo siento, tengo que irme, que se me va la comida”. El comedor social estaba a la vuelta de la esquina. Y el menú no esperaba por nadie.

Siguió su camino y yo intenté seguir el mío.

Septiembre

…Y si se queda dos días
tendida
en sábanas prestadas
junto a un robusto
septiembre
y si resiste las horas
buscando la manera
y la forma
de amar sin herir
la luz
de esas crujientes estrellas…

99 fuertes años

Seguramente a su madre se le derretían las acaloradas piernas mientras ella asomaba la cabeza, y luego un brazo, y luego un lápiz y un cuaderno. 99 años con una dulce literatura y unos esplendorosos poemas. No solo escribía para el público infantil. Muchos de sus poemas eran convulsos, calientes, directos y comprometidos.

Aunque las llamas de julio invadían la ciudad el día de su nacimiento, a Gloria Fuertes también le nevaba a veces. Como a todas.

“Andan en mis hombros pesados aguiluchos
se acumulan tristezas con porqués,
dentro de mí hay algo más que sangre,
subterráneos ríos de llantos se desbordan
mis venas de plomo se revientan como cañerías
bajo el hielo,
de tanta mala uva”

El refugio

Llega atravesando vagones, con un papel en la mano, invitando a leerlo a quienes a esa hora se cruzan en su viaje. Tiene cerca de 80 años y camina despacio pero con paso firme, con unos pantalones grises y una fina camisa de un tono bosque primaveral.

Ha recorrido la mitad del metro con una hoja en la mano, invitando a la gente a leer, a firmar, a escuchar que la UE y Turquía han firmado un acuerdo que sigue levantando fronteras para las personas refugiadas. Solo invita a escuchar, a firmar, a leer. Todo gratis. Pero nadie escucha, nadie lee, nadie firma. Nadie grita. Nadie explota. No da crédito y solo alcanza a criticar la deshumanización y el egoísmo de magnitudes para él desconocidas.

Tres jóvenes leemos el documento que nos ofrece y dejamos nuestra tenue impronta sobre el papel. Nos lo agradece y continúa su desolado viaje bajo tierra. Sigue avanzando y contando lo que está pasando, las detestables decisiones políticas que arrastran a la desolación a miles de personas. Sigue deambulando sin rumbo fijo, entre miradas sordas, cabizbajas, sombrías, miradas cerrojo que le ven marchar mientras piensan: ‘Uno más’.

Mamar

No somos las monedas de cambio del animal
sino trenes descarriados que no
quieren llegar a su destino
como si no hubiera final
ni destino alguno
No queremos trajes
tacones ni vestidos de flores
solo darles de mamar un poco de esa
grandiosa
dignidad

Ratas (I)

Tengo una bandada de sucias ratas en el estómago que no paran de moverse rápido. Escucho el sonido amenazador de sus dientes, sus patas arañan las paredes y van alimentándose de toda esa comida que les llega a través del esófago. Ñam, ñam. Desde hace tiempo, estas criaturas ágiles recorren mi cuerpo y saltan por una y otra capa con mucha ligereza. Desde hace tiempo, se reproducen.

Hacia el sur, más y mejor

Existen tantas alternativas
como podamos imaginar
el reto es
imaginar más
imaginar mejor