Flores doradas

Perdimos.
Y no importa.
En realidad fue tiempo
dedicado a la vida,
aunque luego muriera
y quedasen solo
ramas secas
sin hojas
ni flores doradas.

Me he perdido (extracto)

A veces
logramos forjar un jersey,
otras,
un calcetín,
se troca
el tejido:
o me hielo
o me abraso.

Me he perdido.
Y sólo consigo enhebrar
las marañas de mis dedos
en recodos
de silencio.

No dejan escribir

Viajar entre poetisas te lleva a recordar a otras grandes.Hoy mi mirada filtra a Gloria Fuertes:

Trabajo en un periódico,
pude ser secretaria del jefe
y sólo soy mujer de la limpieza.
Sé escribir, pero en mi pueblo
no dejan escribir a las mujeres.
Mi vida es sin sustancia
-no hago nada malo-;
vivo pobre.
Duermo en casa.
Ceno un caldo y un huevo
-para que luego digan-.
Compro libros de viejo.
Me meto en las tabernas,
también en los tranvías
me cuelo en los teatros
y en los saldos me visto.
Hago una vida extraña.

Personas, ideas, personas.

No dejo de sorprenderme con nuevas maneras de pensar, re-construcciones de la realidad, actos motivadores, vidas dispares, sonrisas, ilusiones de unas personas y otras. Rincones con lluvia de secretos y ríos de historia.

Esta ciudad estresa, satura, a veces desespera. Seguramente haya momentos en los que saque el lado más oscuro de la gente, pero también muestra el más radiante. Y, aunque no me considere una urbanita, reconozco que después de unos cuantos años Madrid me sigue conquistando. Como escribe Nickolas Butler en algunas frases de su libro ‘Canciones de amor a quemarropa’:  “…Pensad en cientos de miles de personas. En millones de personas. Puede que también penséis en los rascacielos, no lo sé. Pero yo pienso en la gente. Millones de personas juntas, intercambiando ideas, todo el rato, a todas horas”.

Ese es el imán. Ideas. Personas. Más personas. Más ideas. La mente expandiéndose. Y, con ella, también el corazón.

D. A.

El fango enraizado

domingos arcoiris con gris transversal

de huesos cansados.

Hasta cuándos

y hasta nuncas.

Grietas por las que se cuelan canciones

bañadas en sangre.

El mundo gira en espiral.

Destellos

Resuenan destellos de auroras,

están por venir pero también marchan

escuetas, cansadas,

por la vereda del desamparo.

No me rindo ante la parsimonia,

los ritmos caudalosos me acompañan,

procuraré salvarlos mientras danzan.

De Retiradas y Meriendas

Hoy decidí dedicarme la tarde a mí misma. Porque hay veces en que una ha dilapidado tanto tiempo en obligaciones morales, trabajos más o menos preciados, amistades (pasar tiempo con amigas nunca lo denominaría ‘dilapidar’ sino aprovechar, pero lo incluyo aquí en concepto de tiempo) y gestiones variopintas, que se llega a olvidar de que también necesita tiempo para disfrutarse, reflexionar, sentarse a mirar patos en el estanque, regalarse una merienda o, básicamente, hacer lo que le salga de ahí mismo.

Así que después de la gestión de una habitual cita burocrática ajena, decidí que me iba al Retiro a dejarme calar por el sol de febrero. Y ha sido una tarde serena y deliciosa. Tengo que confesar que mi interés principal consistía en repetir visita a la exposición de Janet Cardiff & George Bures Miller, y que esas ganas se han desvanecido tan pronto como he accedido al Palacio de Cristal y me he encontrado con tal trasiego de impertinentes turistas.  Que no puedo comprender por qué no organizan pases individuales para que una pueda deleitarse en condiciones con la caravana y ‘sus cositas’, la tupida vegetación a través de los cristales, el tímido sol asomándose entre los árboles y todos esos placeres mundanos. Pero no. La normativa dice que el aforo máximo es de 70 personas, aunque no dice nada del mínimo, con lo cual me planteo regar la instalación de algún gas disuasorio que me permita esa anhelada contemplación de la obra creativa en soledad. Me veo en la obligación de regresar otro día, a ser posible entre las 10 y las 12 de la mañana, que es cuando la chica informadora me ha asegurado que está más tranquilo. “Pero vamos, que hoy hay poca gente”, me ha dicho. Pues ver ‘El hacedor de marionetas’ con 30 personas alrededor que colocan el móvil en primer plano a mí no me convence.

Después de descubrir algunos recovecos del señor parque de todos los parques de Madrid, lo único que mi cuerpito serrano deseaba era MERENDAR. Lo digo así en mayúsculas porque para mí esa comida del día se está volviendo cada vez más imprescindible, pero me temo que la sociedad aún la infravalora. Dentro de unos años, cuando haya ahorrado lo suficiente para pagar el alquiler de un local, los impuestos correspondientes, el equipamiento necesario y haya lidiado con la Comunidad sobre los horarios de apertura y cierre, montaré un local de desayunos y meriendas. Es decir, dentro de un par de décadas tendré mi propio local para merendar y estoy muy orgullosa por ello. Pero mientras tanto, tengo que seguir haciendo uso de las cafeterías de la ciudad. Y no, no están preparadas para almas merendonas como la mía. Al final me he tenido que conformar con un café y un pincho de tortilla. Ni exposición en soledad ni merienda rica. Menos mal que por lo menos me he dedicado la tarde a mí misma.