El refugio

Llega atravesando vagones, con un papel en la mano, invitando a leerlo a quienes a esa hora se cruzan en su viaje. Tiene cerca de 80 años y camina despacio pero con paso firme, con unos pantalones grises y una fina camisa de un tono bosque primaveral.

Ha recorrido la mitad del metro con una hoja en la mano, invitando a la gente a leer, a firmar, a escuchar que la UE y Turquía han firmado un acuerdo que sigue levantando fronteras para las personas refugiadas. Solo invita a escuchar, a firmar, a leer. Todo gratis. Pero nadie escucha, nadie lee, nadie firma. Nadie grita. Nadie explota. No da crédito y solo alcanza a criticar la deshumanización y el egoísmo de magnitudes para él desconocidas.

Tres jóvenes leemos el documento que nos ofrece y dejamos nuestra tenue impronta sobre el papel. Nos lo agradece y continúa su desolado viaje bajo tierra. Sigue avanzando y contando lo que está pasando, las detestables decisiones políticas que arrastran a la desolación a miles de personas. Sigue deambulando sin rumbo fijo, entre miradas sordas, cabizbajas, sombrías, miradas cerrojo que le ven marchar mientras piensan: ‘Uno más’.

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