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Manos, piel

Caminos que atraviesan
un campo fresco y a lo lejos
las manos que acarician
el instante de la memoria atada
a un cuerpo insolente

Echo mi piel sobre esos dedos
me atravieso sostenida en el aire
las manos cansadas de mi abuela
los dedos curiosos de mi hermana
la espalda doliente de mi madre
las curvas atadas de mi amiga
un dolor en el costado del tiempo
entre el ayer
y las agujas de lo que espera
refugiado en el deseo
en el miedo
en la habitación sin salida
del pecado original

El Sol

Sale el Sol
de vez en cuando
me lleva de viaje
El Sol: ese consuelo
mundano
de quienes bailan
sin aire
sin manos
sin Dios
sin mañana

Coseduras

Hubo un tiempo de caricia
y después comenzó
la andadura
de la piedra y el fuego
del lastre y la contienda
el sol negro
y el aire bien
cosido a la tierra

Ratas (I)

Tengo una bandada de sucias ratas en el estómago que no paran de moverse rápido. Escucho el sonido amenazador de sus dientes, sus patas arañan las paredes y van alimentándose de toda esa comida que les llega a través del esófago. Ñam, ñam. Desde hace tiempo, estas criaturas ágiles recorren mi cuerpo y saltan por una y otra capa con mucha ligereza. Desde hace tiempo, se reproducen.

Hacia el sur, más y mejor

Existen tantas alternativas
como podamos imaginar
el reto es
imaginar más
imaginar mejor

Los nuevos (y buenos) años

Un año es mar. Maremoto.
A lo largo de todo un año, muchas vidas se atraviesan.
En un año se ganan batallas, ilusiones. Se soplan heridas.
Se pierde sangre y se rescatan deseos.
Todas esas vueltas de reloj marcan muchas llamadas sin realizar, sin contestar. Muchos teléfonos de hielo.
Doce tiernos meses dan para echar mucho de menos, para entonar muchos cantos.
Esos miles de acuosos hilos semanales se gustan, se encantan, se enervan, se desconciertan, se confunden. Se van.
El dispensador de días lanza miradas de amor, de indiferencia, de vértigo, de desencanto. Reparte muchos ojos ciegos. Mutilados.
Tantos segundos a borbotones se van con la anestesia, el ron-cola, el desfibrilador, la nana, el huracán.

Un año no empieza como termina.
Termina con mucho.
Y empieza con más.

Personas, ideas, personas.

No dejo de sorprenderme con nuevas maneras de pensar, re-construcciones de la realidad, actos motivadores, vidas dispares, sonrisas, ilusiones de unas personas y otras. Rincones con lluvia de secretos y ríos de historia.

Esta ciudad estresa, satura, a veces desespera. Seguramente haya momentos en los que saque el lado más oscuro de la gente, pero también muestra el más radiante. Y, aunque no me considere una urbanita, reconozco que después de unos cuantos años Madrid me sigue conquistando. Como escribe Nickolas Butler en algunas frases de su libro ‘Canciones de amor a quemarropa’:  “…Pensad en cientos de miles de personas. En millones de personas. Puede que también penséis en los rascacielos, no lo sé. Pero yo pienso en la gente. Millones de personas juntas, intercambiando ideas, todo el rato, a todas horas”.

Ese es el imán. Ideas. Personas. Más personas. Más ideas. La mente expandiéndose. Y, con ella, también el corazón.